miércoles, 22 de agosto de 2007

En fase de mejoras y pruebas


Saludos desde ECCLESIA DIGITAL

Informaros que nos encontramos a medio camino en nuestro trabajo de confección de lo que va a ser nuestra-vuestra nueva página. A partir de hoy, las "noticias al minuto" las colocaremos en nuestro nuevo portal. Os invitamos a daros de alta como usuarios en él y a que naveguéis por la página.

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viernes, 10 de agosto de 2007

LA ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA A LOS CIELOS por José Barros Guede


La Asunción de santa María a los cielos, que los fieles cristianos celebramos todos los años el día 15 de agosto, es la fiesta mariana por excelencia y la más popular en España y en toda la Cristiandad. Es el “dies natalis” (día natal) del nacimiento de santa María, Madre de Jesucristo, a la vida eterna corporal, gloriosa y feliz en el Reino eterno de los cielos, después de haber pasado una vida de dolores, sufrimientos y penalidades en este mundo.
La Asunción de santa María en cuerpo y alma a los cielos es la fiesta cristiana de la vida eterna, es el triunfo y la exaltación de la vida humana sobre la muerte; porque, si santa María, Madre de Dios, persona mortal como nosotros, fue llevada a los cielos, donde se halla corporalmente gozando de una vida eterna bienaventurada y feliz; así, también, nosotros, por la fe y la misericordia de Jesucristo, nuestro Salvador, iremos, también, al cielo y viviremos bienaventurados y felices como ella, si creemos, esperamos y amamos a Jesucristo, el Señor.
El 1 de noviembre de 1950, el papa Pío XII, movido por el consentimiento unánime de todo el Episcopado católico, proclamaba solemnemente como dogma de fe católica a la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, con las siguientes palabras: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma revelado por Dios: que la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta a la gloria celeste en cuerpo y alma”.
El papa Pío XII fundamenta el dogma de fe católica de la Asunción de santa María a los cielos en tres textos bíblicos. Primero, “pondré enemistades entre ti (Eva) y la mujer (María) y entre tu linaje (nosotros, hijos de Eva) y el suyo (su hijo Jesucristo). Este te quebrantará la cabeza y tu le morderás el calcañar” ( Gén. 3, 15). Segundo, “una gran señal apareció en los cielos, una Mujer, (María), vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apcl. 12,1), fue vista por el apóstol san Juan, autor de dicho libro inspirado en la isla de Patmos. Tercero, “Dios te salve, (María), llena de gracia, el Señor está contigo, bendita, Tu, entre todas las mujeres” (Lc. 1, 28), le saluda el arcángel san Gabriel. María, la nueva Eva, “llena de gracia”, inmaculada y Madre de Dios, pide y exige ser asunta y llevada a los cielos en cuerpo y alma.
En el siglo IV, en Oriente, los fieles cristianos celebraban la fiesta de la “Memoria de santa María, Madre de Dios”. Concretamente, en Jerusalén, la celebraban el 15 de agosto, y de una manera especial en el santuario de Getsemaní, donde creían se hallaba su sepulcro. En el siglo V, en Siria, los fieles cristianos celebraban la fiesta de la “Domición de santa María” bajo la idea de su Asunción corporal a los cielos. En el siglo VI, dicha fiesta es celebrada por todo el Oriente cristiano, como transformación de la fiesta de la “Memoria de santa María”, aunque en días diferentes.
El emperador bizantino, Mauricio (582-602), fija y unifica la fecha de su fiesta, el día 15 de agosto, tanto para la Iglesia Católica como para las Iglesias separadas de Oriente, que desde antiguo, celebraban con solemnidad y con día de descanso festivo.
La fiesta de la “Dormición de santa María”, nacida en Oriente pasa a Occidente, siguiendo el siguiente camino de Roma, Inglaterra, Francia y España. En el siglo VII, el calendario romano de la Iglesia católica, siendo papa Sergio I (637-701), de origen sirio, celebraba ya las fiestas de la Anunciación, Natividad, Purificación y “Dormición de santa Maria, Madre de Dios”.
En el siglo VIII, la Iglesia católica cambió el término “Dormición” por el “Asunción de santa Maria a los cielos”, según consta por el Sacramentario enviado por el papa Adriano I (7672-795) al rey del los Francos, Carlomagno, entre los años 784 al 791. En el siglo IX, la Asunción corporal de santa María a los cielos era creencia general en la Iglesia católica.
En España, a finales del siglo VIII o a principios del siglo IX, el Misal Mozárabe contenía una Misa sobre la “Asunción de santa María”, en la que ya se expresaba su asunción corporal a los cielos de una forma inequívoca. En el siglo XVI, el Breviario del papa san Pío V recoge el oficio de la Asunción corporal de María a los cielos. A finales del siglo XVIII, la Asunción corporal de María a los cielos era una creencia unánime en toda la Cristiandad.
El 3 de febrero de 1864, el papa Pío IX contestaba a la reina Isabel II de España, que le había suplicado definiese dogma de fe católica a la Asunción corporal de santa María a los cielos. Le decía: “no hay duda de que la Asunción, de la manera que cree el común de los fieles, es una consecuencia del dogma de su Concepción Inmaculada; pero todas las cosas tienen su tiempo adecuado, y Yo no me creo digno instrumento para proclamar dogma este misterio. Tiempo vendrá en que los santos deseos de V. M. serán oídos, pero mientras tanto conviene seguir en la oración”. La reina Isabel II hizo esta petición al Papa, movida y asesorada por su confesor, san Antonio María Claret, fundador de los religiosos del Corazón de María.
Actualmente, la Asunción de santa María en cuerpo y alma a los cielos es Patrona de muchas parroquias, santuarios, monasterios y conventos en muchas ciudades, villas y pueblos de España y de toda la Cristiandad, celebrando sus fieles cristianos su fiesta, el día 15 de agosto, con fe, alegría y amor en medio de este mundo laicista y materialista. Es admirable ver la fe y el amor que sus parroquianos y devotos sienten hacia su amada Patrona participando en sus actos religiosos festivos.
Concretamente, la Patrona de mi parroquia y de mi pueblo es la Asunción de santa María. Es para mí un gran gozo y alegría ver, todos los años, la cantidad devotos, vecinos y nativos venidos de la diáspora celebrando su fiesta, el día 15 de agosto, participando con alegría y entusiasmo en los actos litúrgicos y cantando en su honor y honra “viva la Virgen, nuestra Patrona, que en nuestro pecho tiene su altar, y reine siempre triunfando Cristo en nuestro pueblo noble y leal”.
Quiero terminar invocándola con una pequeña oración “Salve, santa María asunta a los cielos, Reina y Madre de misericordia y esperanza nuestra. A Ti, suspiramos y clamamos como hijos tuyos en este valle de lágrimas para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, participando con Vos, de la vida eterna feliz en el Reino de los cielos”. Amén.

José Barros Guede A Coruña, agosto del 2007.

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martes, 7 de agosto de 2007

SÓLO EL ES ESE AMOR – Homilía de la celebración de las bodas de plata sacerdotales de Jesús de las Heras Muela


(Breve carta previa a los internautas de ECCLESIA DIGITAL: Mientras nuestra página web estaba siendo atacada y saboteada, me hallaba en la preparación y de desarrollo de la celebración de mis bodas de plata sacerdotales. Ahora, desde nuestro soporte provisional, quiero compartir con vosotros la homilía que pronuncié en mi parroquia seguntina de “Santa María” de Sigüenza. La tarde del pasado sábado 4 de agosto cálida, muy cálida, como lo fueron también la presencia de amigos, familiares y sacerdotes –todos ellos, todos nosotros presididos por el seguntino monseñor Juan José Asenjo Peregrina- obispo de Córdoba, en una sentida y hermosa celebración de acción de gracias. Quiso ser un himno de alabanza a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. El es ese Amor que centró mi homilía. Y sólo a El la gloria y la alabanza por los siglos. Gracias, amigos de ECCLESIA DIGITAL, por compartir ahora esta celebración)


"Doy gracias a Cristo Jesús que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio". Doy gracias, queridos hermanos y hermanas aquí presentes, a Dios Padre todopoderoso que, en su providencia amorosa, me llamó desde el seno de mi madre a la fe y al sacerdocio. Doy gracias al Espíritu Santo que, abundante, se derramó sobre mí de manos del Santo Padre Juan Pablo II hace 25 años y me ungió sacerdote para siempre.

Doy gracias a la Iglesia, pueblo santo de Dios, que me ha ido instruyendo en la fe, que me ha ido capacitado para el servicio y para la ofrenda que habré de seguir haciendo de mi vida y que me llamó hace 25 años y me sigue llamando ahora al ministerio del pastoreo de la grey de Dios, por los caminos que la Providencia, a través de la Iglesia, ha considerado y siga considerando oportunos.

Doy gracias a mi familia, a mis amigos, a mis hermanos sacerdotes, a los obispos Jesús Pla y José Sánchez, al amigo, hermano y obispo Juan José Asenjo -que nos honra con su presencia y presidencia-, al querido seminario de Sigüenza, a la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid –nos acompaña también su actual decano-, a la facultad de Historia de la Iglesia de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, al Pontificio Colegio Español “San José” de Roma, a las gentes de Sigüenza, Guadalajara, Madrid, Azuqueca de Henares, Roma, serranía del Alto Tajo, serranía de la Alta Alcarria, serranía de Pela, con quienes he compartido y comparto mi fe y a quienes he servido y sirvo el pan de la palabra, de los sacramentos y del pastoreo.

Doy gracias a Dios y a la Iglesia por mis trabajos de estos quince últimos años en los servicios de la información de la CEE y en la dirección de la Revista ECCLESIA y de su página web ECCLESIA DIGITAL; al Colegio Cristo Rey, al que sirvo como capellán; a la Cadena Cope, a RNE, a Telemadrid y a los demás MCS donde he colaborado y colaboro.

Gracias sean dadas a Dios, Uno y Trino, Padre, Hermano y Espíritu. El Señor ha estado grande conmigo y estoy alegre, inmensa y emocionadamente alegre y agradecido. Sean sólo para Él la gloria y la abalanza por los siglos.

La grandeza del sacerdocio

Los textos bíblicos que acaban de ser proclamados nos iluminan también para entender mejor la identidad y la misión del sacerdote. El sacerdote es sacramento y prolongación de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Reconozco, queridos hermanos, que siempre me impresionaron aquella frase "Sacerdos, alter Chritus" (El sacerdote es otro Cristo) o la que afirma que "el sacerdote actúa en la persona de Jesucristo".

Reconozco, que tras 25 años, sé mejor que nadie lo lejos que están mi vida y mi ministerio de hacer realidad en mi estas frases, aun cuando me consuela la confianza y la certeza de que Él es fiel y grande y que Él suple lo mucho que falta en mi. Se estremecen, en efecto, el corazón y el alma cuando uno, desde su pequeñez, desde su grisura, desde su mediocridad, se para a pensar a Quien representa, en nombre de Quién actúa.

Y cuando además uno se acerca a la vida y al mensaje de los grandes sacerdotes santos con que Dios ha bendecido a su Iglesia a lo largo de los siglos -San Juan de Ávila, San Francisco Javier, San Vicente de Paúl, San Juan María Vianney o nuestros querídisimos padre San Pío de Pietrelcina y Papa Juan Pablo II-, el estremecimiento se convierte en abismo, se han de convertir en llanto de indignidad y, a la vez, de agradecimiento. Por ello, sólo desde la alabanza, sólo desde el Magníficat se acaba aceptando el misterio y la gracia que comportan y suponen ser sacerdote y tomar conciencia efectiva y viva de su grandeza, esa grandeza que Dios ha confiado, en este caso, a mis humildes y pobres vasijas de barro.

Merece la pena ser sacerdote

Por ello, por todo ello, hermanos, permitidme que esta tarde os confiese y proclame, junto a mi vértigo y limitación personal ante esta grandeza del sacerdocio ministerio, que merece la pena ser sacerdote. Que el sacerdote no está pasado de moda ni lo estará nunca. Que necesitáis al sacerdote como el sacerdote os necesita a vosotros. Que es inmerecidamente grande y tan hermoso ser sacerdote, que debemos hacer todo lo posible para que los sacerdotes seamos lo que debemos ser y para que no falten nunca a nuestra Iglesia, en este caso, caso de penurias que no falten nunca sacerdotes a Sigüenza y de Sigüenza, a nuestra diócesis y de nuestra querida Iglesia diocesana. No podemos conformarnos con que "así son los tiempos que corren" o con la condición supuestamente inexorable de las estadísticas o conque "no es para tanto".

Os confesaré, por ello, que una de las razones que me han llevado a celebrar de este modo con vosotros mis bodas de plata sacerdotales es precisamente contribuir -siquiera mínimamente, siquiera modestamente- a la pastoral vocacional. El sacerdocio no puede ni debe ser un una realidad, un sujeto "en vías de extinción". Porque además, si así fuera, significaría que también la vitalidad de las parroquias, de las comunidades cristianas y de las familias languidece alarmante y letalmente. Significaría, asimismo, que dejamos de ser fieles a nuestra historia de fe, la historia que nos ha hecho grande, que ha hecho grande a esta ciudad, que ha hecho grande a esta diócesis.

“Hemos conocido el amor”

Os confesaré asimismo que según han ido pasando los años me convenzo cada vez de que la clave del sacerdocio no es otra que el amor y que, por ello, el sacerdote debe ser testigo y servidor del Amor. Pero, eso sí, nadie da lo que no tiene. De ahí, la necesidad de una cada vez más intensiva y comprometida vida interior del sacerdote, que reactualice la gracia de la imposición de manos. Se trata de una vida nutrida de la Eucaristía y de la Palabra de Dios, animada en la fidelidad y en el gozo de la comunión eclesial. El sacerdote, que no es nada sin Jesucristo y sin su Iglesia, está para servir el amor, un amor del que él debe ser testigo en primera persona.

Nada hay más importante y más decisivo que el amor y el sacerdote está llamado a ser especialista del amor. Del amor del que nos acaba de hablar San Pablo en la segunda lectura de esta Eucaristía Del Amor con mayúsculas, del Amor de Dios encarnado en Jesucristo, cuyo sacramento primero, dador y distribuidor somos los sacerdotes. Del Amor al que el querido Papa Benedicto XVI ha dedicado su primera y hermosísima encíclica y ha comprometido su luminoso y sereno, firme y apacible ministerio apostólico petrino.

La mejor homilía

Hace unos meses leía en el semanario diocesano de Córdoba esta frase de su obispo en un contexto vocacional: "La mejor homilía del sacerdote es su vida". La mejor homilía del sacerdote es su vida, sí, su vida de amor, de entrega, de humildad, de escucha de la Palabra, de testimonio del amor.

Quizás nunca como hasta ahora se han preparado materiales catequéticos, litúrgicos, homiléticos y pastorales tan buenos y tan espléndidos. Pero si nos falta el amor somos -como escribía Pablo en la carta primera a los Corintios- campana que resuena, platillos que aturden... Si no tengo el amor, si no soy testimonio vivo, coherente y creíble del amor, sino sirvo el amor, nada soy, de nada me sirven ni títulos, ni honores, ni cargos, ni grandezas, ni oropeles, ni éxitos o fracasos meramente humanos.

Sí, la mejor homilía, la mejor catequesis, la mejor conversación, la mejor iniciativa, el mejor plan pastoral, la mejor plática, la mejor escucha del sacerdote es su vida, es su amor. Es repartir el amor en la mesa de los sacramentos, en el púlpito, en la cátedra y en el areópago de la Palabra, en el servicio humilde y misericordioso, suave y firme del pastoreo. Leía días atrás una entrevista al nuevo obispo de Santander. El periodista le preguntaba que en qué consiste el ministerio sacerdotal y episcopal. El obispo electo de Santander no dudó en responder: “Es amar. Oficio de amor es el pastoreo”.

Nuestro mundo, tan lleno y repleto de palabras, de mensajes, de imágenes y de consignas, sólo se conmueve ante el testigo, sólo se estremece ante el amor, ante quien con sus cicatrices cura las nuestras, ante quien con sus llagas sana las nuestras, ante quien con su amor nos cubre y nos reviste de amor, del Amor verdadero.
Sólo una cosa es importante: el amor

Entonces, hace 25/30 años, no acabe de entenderlo del todo, pero se me quedó grabada la frase y la idea. Un sacerdote joven de nuestra diócesis era trasladado desde unas parroquias rurales donde se sentía muy a gusto a la dirección espiritual de un, años ha, próspero Instituto de una localidad más populosa y afamada. Se le quebró el ánimo, sintió miedo y fue hablar con un benemérito cura experto en colegios y en jóvenes. Fue a pedirle un consejo. Esperaba quizás planes, proyectos, estrategias, criterios didácticos y pedagógicos... El cura mayor se le que quedó mirando con ternura y le dijo: "Ama, quiere a los muchachos y lo demás se te dará por añadidura".

Cuentan que en el final de su vida, el padre Pío de Pietrelcina buscaba, con mayor frecuencia e incluso necesidad que antes, el encuentro con los niños. Y cuentan que uno de ellos, en concreto una niña, le preguntó que porqué era tan popular y querido, que porqué acudían a él tantas y tan variadas gentes, que qué querían y que qué esperaban de él. Él, el Padre Pío, mientras acariciaba a la niña en medio de un hermoso atardecer de otoño en las montañas del Gárgano, le dijo: "Sabes, hija, sólo una cosa es importante: el amor, el amor".

En este atardecer de estío, con mis manos vacías y mi corazón conmovido, yo también quiero proclamar mi compromiso, débil y, a la vez, convencido, de que sólo una cosa es importante: el amor. Y que a ese Amor -Amor de los Amores- querría consagrar, de nuevo, mi sacerdocio para ser testigo y servidor de él y poder así predicar, radiar, escribir o televisar con mi vida enamorada de Dios y de su Pueblo Santo -vosotros y vosotras y a quienes vosotros y vosotras representáis- la mejor homilía, el mejor programa de radio o de televisión, la mejor página web en internet, el mejor artículo, el mejor viaje y la mejor revista de mi vida: con el Amor, humilde y fuerte Amor, el Amor del Dios encarnado y crucificado en Jesucristo, que me quiso -¡ay de mí!- sacerdote para siempre de su pacto y de su Iglesia, que me quiso y que me quiere -como os quiso y os quiere también a vosotros- testigos y servidores de su AMOR. Sólo a Él la gloria y la alabanza por los siglos porque sólo Él es ese AMOR.

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domingo, 5 de agosto de 2007

Ecclesia Digital ha sido nuevamente atacada


Como informamos hace unos días la página de Ecclesia Digital está soportando diversos ataques informáticos. Como no hay mal que por bien no venga, estamos trabajando en una nueva página que nos haga menos vulnerables y de esta manera damos un “lavado de cara” a la página. Perdonar las molestias causadas. Seguiremos recibiendo correos de forma habitual en las direcciones habituales y las informaciones las vamos a publicar en este blog. ¡Seguimos adelante pese a quien pese!
Gracias por leer Ecclesia Digital

ecclesia@revistaecclesia.com

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