martes, 27 de marzo de 2007

Corrientes adversas al consenso


Después de haber sido aprobada la constitución de 1978, que fortalece relaciones pacíficas y entendimientos posibles, en los últimos tiempos se ha generado un clima de desasosiego e inseguridades altamente bochornoso y preocupante. El consenso, algo que debe ser normal en una sociedad democrática avanzada y que hasta ahora nos ha propiciado un clima de paz y bienestar, ha entrado en contradicción con algunos poderes, a mi juicio más centrados en sus propios intereses que en promover un acuerdo de progreso capaz de calmar posturas enfrentadas que, por otra parte, a nada bueno conducen. Puede que nos convenga recordar que los constituyentes nos dejaron un sólido cimiento para que, cada poder, contribuya dentro de la indisoluble unidad, a fortalecer la democracia y el Estado de Derecho.

Las divisiones se pueden conciliar, solamente hace falta utilizar homogéneo lenguaje, que lo tenemos, si acaso hay que ponerlo en valor, agarrados al fuste constitucional que tiene la norma como ley de leyes. En su letra y espíritu, honestamente tomada y éticamente digerida, o lo que es lo igual en justicia bien servida, ya queda por si misma garantizada la convivencia, por mucha diversidad de culturas y pueblos que nos habiten. Con la constitución hemos dado el mayor paso, seguramente por haber aprendido la lección de que las confrontaciones sangrientas lo único que generan es sufrimiento. Por ello, no podemos seguir bajo estas corrientes adversas al consenso, al acuerdo y a los pactos. Considero, pues, que lo primero que debemos hacer es partir de la persona, como ser humano que es, y ponerlo en el centro de todas las preferencias, puesto que su dignidad no admite desacuerdo, es sagrada y sus derechos inalienables.

Mujeres y hombres tienen los mismos derechos, es un principio jurídico universal. Esto parece que no admite discrepancia. Yo así lo deseo. Con cierto logro acaba de ser recogido en la reciente ley orgánica para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Ahora bien, no nos quedemos sólo en la letra de las normas, hay que hacerlas valer, conjugarlas y conjugarse con ellas, por cierto sin discriminación alguna, y esforzarse por luchar con valentía contra las corrientes políticas, económicas y culturales negativas, destructoras. La negatividad de un bando frente a la propuesta del otro bando, sin apenas poner oído, está a la orden del día. La verdad que cuesta entender que no se actúe de manera conjunta, en cuestiones tan naturales como puede ser la igualdad de derechos y una convivencia solidaria entre municipios, provincias y Comunidades Autónomas, lo que no significa obviar su identidad cultural e histórica de cada territorio. La disconformidad en todo y para todo, lo único que hace es desorganizarnos, y un pueblo desorganizado, genera confusión e inútiles combates. Quizás, por ello, ahora estemos soportando esta atmósfera de bochorno, fruto de la sin razón de un debate político estéril, por cierto calificado como “prebélico” por un ex-presidente del Gobierno.

El éxito no se logra sólo con cualidades mitineras. Es sobre todo un trabajo de constancia, de método y de organización; algo básico para alcanzar las metas que no podemos alcanzar solos, pero sí juntos. De ahí, el daño tan tremendo que ocasionan a la democracia las corrientes adversas al consenso, los intencionados silencios o la falta de claridad a la hora de exponer los problemas y los medios para resolverlos. Sólo unidos podemos crear unidad y salvaguardar en el futuro nuestro ideal español de sociedad respetuosa con la ley y de pueblo amparado por garantías jurídicas. Esto se consigue construyendo una España de los valores, donde la ética y la estética deben ir del brazo, buscando con generosidad el bien común, más allá de los intereses limitados a individuos o de los nacionalismos excluyentes, que no excluidos.

La riqueza de un pueblo se basa en el conocimiento y en las capacidades de sus ciudadanos, en las libertades, empezando porque toda persona tiene derecho a ella y a sentirse seguro, por eso es tan vital el pacto por la educación, el consenso para luchar juntos contra el terrorismo o la delincuencia organizada. Desde luego, el chantaje no admite consenso. La idea de
John Fitzgerald Kennedy de que “se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”, puede ayudarnos a la reflexión. Creo que todos los conflictos se pueden resolver de forma pacífica, lo fundamental es llegar al acuerdo y que nadie quede fuera de juego. Si en verdad queremos promover justicia, libertad, igualdad y desarrollo, hay que ejercer el liderazgo del consenso, mal que nos pese.

En efecto, una democracia auténtica exige un consenso sobre algunos valores esenciales que hoy tanto se ponen en entredicho, como puede ser la dignidad trascendente del ser humano y su libre desarrollo, el respeto a la familia y a los derechos humanos, el “bien común” como fin y criterio de regulación de los poderes económicos, políticos, judiciales…; todo ello, levadura para la paz. Sin duda, entiendo, que la mejor manera de fortalecer nuestro orden constitucional nos viene dado, cuando se toma el consenso por bandera y el respeto como fe de vida. Esto no significa que debamos cerrarnos a la evolución de los tiempos, pero a la hora de abrir las ventanas que lo sean con la venia del máximo consentimiento y nunca de la coacción.


Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net