jueves, 12 de abril de 2007

¿Qué se siente tener el alma limpia?


Acabas de salir del confesionario. Te has encontrado con la Misericordia de Dios. Haces el propósito de no volver a ofenderlo. Le pides fuerzas y gracias abundantes para seguir por la vida en estado de gracia.
Es una alegría tan grande. Tan inigualable.
Esta mañana me confesé. Me siento feliz. Quisiera que tú también experimentaras esta alegría inmensa que brota del alma.
He podido ir al Sagrario y mirar a Jesús de frente, a los ojos. Cuánta paz. Tanta que se esparce a tu alrededor.
Tienes la certeza que todos tus pecados te fueron perdonados y que Dios los olvidó. Por eso dejo de pensar en ellos y pienso en el llamado de Dios.
Qué maravillosa certeza. Sabes que Dios nuevamente habita en ti y tú en él. Me recuerda esta promesa extraordinaria de Jesús: “Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán” (Jn 15, 7)
Siento que he vuelto a vivir en su amor y que mi corazón nuevamente es un sagrario vivo. Quisiera permanecer siempre en su amor y dar frutos abundantes.
Espero con ansias el día de mañana para poder ir a misa y comulgar.
Previo a confesarme pensaba: “Si uno de mis hijos viniera a mí, luego de cometer una tontería y me pidiera perdón, seguro le diría: “antes que hicieras esa tontería, ya te había perdonado” Si yo, imperfecto, soy así, ¿cuánto más puedo esperar de Dios que es todo amor?”
Qué terrible es vivir con el pecado a cuestas. Es como estar sumergido en un foso oscuro y silencioso, sin esperanzas de salir nunca.
Vives arriesgando tu más grande regalo:
“una maravillosa eternidad al lado de Dios”.
No vale la pena andar así. Es mejor acercarnos a Dios, como el hijo pródigo y pedirle perdón, acercarnos al confesionario y renovar nuestra amistad con el Padre eterno.
¡Animo! Te invito a que sientas lo que yo siento y que vivas lo que vivo ahora: Paz, serenidad y una alegría tan grande y verdadera, que quisiera llevarla siempre conmigo.

Por: Claudio de Castro